Bully, el juego de mundo abierto de Rockstar ambientado en un instituto, cumple 20 años y sigue sin secuela ni remake moderno. Así lo plantea Polygon en un repaso retrospectivo que subraya la singularidad del título dentro del catálogo del estudio y la decepción de que su tratamiento haya sido de una sola entrega.

Un mundo abierto con adolescentes en lugar de criminales

Rockstar es hoy uno de los desarrolladores más conocidos del mundo, sobre todo por Grand Theft Auto y Red Dead Redemption, y en menor medida por L.A. Noire y la saga Max Payne. En ese contexto, Bully —publicado en Europa como Canis Canem Edit, expresión latina que significa "perro come perro"— llegó en octubre de 2006 con una metapuntuación de 87/100 y el aval de la crítica.

El juego trasladaba la fórmula clásica de GTA a un pueblo ficticio de Nueva Inglaterra llamado Bullworth. El jugador podía recorrer la localidad con libertad, iniciar peleas, robar vehículos, equipar armas y completar misiones. La diferencia era que el protagonista no era un criminal, sino un adolescente.

Jimmy Hopkins, el personaje principal, llega matriculado en la Academia Bullworth y pronto se ve envuelto en lo que equivale a una guerra entre bandas. Bully se publicó entre GTA: San Andreas y GTA 4, y supuso una vuelta adolescente y con encanto a la fórmula que Rockstar había perfeccionado con los años, con un concepto que los videojuegos apenas habían abordado hasta entonces.

Peleas de patio, bicicletas y tirachinas

Las peleas del juego se producen entre Jimmy y sus compañeros, como matones y deportistas. Los vehículos que se pueden robar son bicicletas, monopatines y scooters. Entre las armas figuran tirachinas, bombas fétidas y bates de béisbol. Incluso hay espacio para el romance, aunque limitado a algún beso en el pasillo, mucho más inocente que las escenas más subidas de tono de GTA.

Polygon señala que sería fácil despachar este entretenimiento juvenil como simple nostalgia, pero defiende que el juego ha envejecido sorprendentemente bien. Mecánicamente ofrecía más que una fantasía de travesuras infantiles: las canicas podían esparcirse por el suelo para hacer tropezar a los prefectos que perseguían al jugador y las bombas fétidas servían para dispersar multitudes. Eran herramientas útiles dentro del mundo del juego, no solo una válvula de escape para la diversión.

Los cliques y el trasfondo moral de Jimmy

Los distintos grupos de estudiantes son clave en la trama, que gira en torno a Jimmy convertido en líder de facto de cada uno de ellos. Cada grupo es una caricatura exagerada: los empollones llevan gafas, hablan con voz nasal y tienen complexiones extremas; los greasers visten cazadoras de cuero, llevan el pelo engominado hacia atrás y tienen nombres que sugieren un origen italoamericano; los deportistas practican deporte, son más musculosos que el resto, no destacan por su inteligencia y visten chaquetas universitarias.

Pese al título, Jimmy no es realmente un matón en Bully. Es un chico problemático que viene de un entorno familiar complicado, no teme defenderse y, al mismo tiempo, solo intenta sobrevivir a su llegada a un instituto nuevo, algo con lo que muchos jugadores pueden identificarse. Aunque provoca bastante caos, sus acciones equivalen a plantar cara a los verdaderos abusones, y el juego transmite un sentido de la justicia y un trasfondo moral que sorprenden.

Dos décadas sin continuidad

Polygon concluye que Bully fue un enfoque único del mundo abierto y que resulta decepcionante que 20 años después no exista una secuela ni siquiera un remake moderno. El artículo apunta que una continuación sería hoy muy distinta, porque la vida escolar ha cambiado culturalmente con los años, pero sostiene que el juego merece algo más que el tratamiento de una sola entrega que ha tenido hasta ahora.